11 de Diciembre
Una canción de Rent que ha pasado mucho por aquí reza:
“Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Como medís un año?
En días, en atardeceres, en medianoches, en tazas de café?
En pulgadas, en millas, en risa, en dolor?
Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Como medís un año de vida?
Qué tal en amor?
Qué tal en amor?
Mide en amor.”
En muchos sentidos, a veces creemos que el amor es solamente el amor hacia una persona que se supone que nos hará completos. Esa necesidad a veces nos ciega por completo, nos convierte en perros falderos, ese “miedo idiota de verte viejo y sin pareja, TE HACE ESCOGER CON LA CABEZA LO QUE ES DEL CORAZÓN”.
Es increíble lo ciegos y extremistas que podemos volvernos al conocer a alguien que creemos puede ser aquella persona elegida la cual nos prometieron tantas canciones pop.
Pero tambien existen otros tipos de amor con el cual se pueden medir las cosas. Amor recíproco, amor del bueno, amor a los amigos, a las mascotas, a los objetos, por qué no. A una actividad, a un arte, a una canción, y más importante de todo, a uno mismo.
Este fin de semana decidí dejar de vivir para lo que se supone que debo sentir. Terminé mi ultima relación amorosa verdadera en Junio de este año, pensando que se venia una larguísima época de soltería, magia y travesuras. Y a los pocos meses me encontré deseando enamorarme una vez más como si no existiera el mañana. Eso me llevó, justamente, a cegarme por candidatos inoportunos.
Y yo pensaba que un “no sé” no era más fuerte que un “no”. Que si no escuchaba ese “no” rotundo, jamás sería capaz de soltarme. Pero a veces en la vida la sabiduría llega desde las fuentes más insospechadas, y esta vez vino de alguien que me dijo una verdad muy fuerte: “No todo el mundo SABE decir que no”.
Entonces entendí que si no daba yo el primer paso, jamás iba a soltarme de ese círculo vicioso de necesidades obesivas, de reproches sin derecho, de esperar lo que nunca iba a venir. Y entonces, me fuí. Lo dejé ir. Abrí la mano y solté el hilo, del que venía tirando hace más de dos meses ya.
Y no lo hace más facil, oh no. Por muy ciegos que estemos y por mucho que nos demos cuenta de que ese enamoramiento no es más que una necesidad de llenar un vacío, el dolor tambien es real, tambien se siente. Pero a veces hay que ponerse los pantalones y cortar por lo sano. Mentalmente, quiero decir.
Y luego de decirle “Chau”, y luego de esperar los 10 segundos reglamentarios que se deben esperar cuando te vás y querés que esa persona vaya a detenerte, me subí a mi auto. Y manejaba, enojado, triste, asustado, mientras le huía al amanecer manejando hacia el oeste, mientras una canción del musical AIDA sonaba en el estéreo y decía “This is the moment when the Gods expect me to beg for help. But I even try..”, entendí finalmente de qué se trataba todo esto.
Tengo 21 años, por el amor de Dios.
No puedo estar desperdiciando mi juventud sufriendo por gente que no dá un mango por mí. Y no lo digo sólo por él, lo digo por todas las otras veces que mi cegación amoroso-obsesiva me ha llevado a perder meses, horas que podría haber dedicado a perfeccionar mi vida y mi relación conmigo mismo. Valgo demasiado como para darme ese lujo. Hay tazas que dicen “La vida es corta. Comete el postre”. Y tienen demasiada razón.
Finalmente entendí que no siempre hay suficiente. Entendí que tener los huevos para aceptar el rechazo y poder ser capaz de hacerse a un lado cuando hay que hacerlo también es parte del camino. Aceptar que a veces uno comienza a estorbar, y que si estás estorbandole a alguien, entonces de ninguna manera, bajo ningun concepto ni posibilidad, vale la pena seguir invirtiendo tiempo en estar ahí.
“Yo no sacrifico mi soledad por alguien que no valga la pena”. Eso le dijo el otro día el nuevo novio de mi hermana a mi hermana. Esa frase me partió, literalmente, la cabeza. Es cierto que la sabiduría viene de los lugares más insospechados.
Buena semana para todos.
yh.-
